martes, 26 de septiembre de 2023

                                           Mi vida en una metáfora

 

      Aproximadamente a los 30 años decidí aventurarme a recorrer el camino que mi corazón había elegido, me decidí por no optar por los difíciles e imposibles y después de mucho pensar elegí la montaña que debería escalar, (ni el Everest, ni un pequeño cerro) elegí un término medio, para lo cuál creí estar preparado. Desde el llano “visualicé” el nacimiento de una montaña, miré hacia arriba posando mis ojos en cada recoveco, curvas y contra curvas en la subida y me dije ‘es ahora o nunca’... Y sin más amarré las pocas pertenencias que tenía, las cargué sobre mis hombros y emprendí camino.

      Fue muy duro al principio, pero al correr de los días mi cuerpo y mi mente se fueron adaptando a ese camino; de tanto en tanto, algún desprendimiendo de rocas de las alturas pasaban cerca mío, las esquivaba dándome cuenta de que en esa subida debería sortear muchos obstáculos; mas, sin perder tiempo seguí el trecho elegido. Siempre en subida y caminando durante horas, días, meses, años fuí forjando mi mente, corazón y cuerpo a los avatares de tal aventura, hubieron cosas muy buenas, otras no tanto y algunas malas, pero otras no tanto; sin embargo, fiel a mis principios seguí adelante.

      Después de años, logré llegar a una cumbre, pensé: he logrado mi objetivo. Claro que al ponerme de pie en esa cumbre me di cuenta que había llegado a una meseta ¿Qué hacer? Desandar ese camino o recorrerla hasta encontrar la bajada del otro lado. Tomé un pequeño lapso de tiempo, entremezclando los pro, las contras y decidí  ‘que debería completar la aventura, era la aventura de mi vida y no había propósito que me hiciera desistir a completarla’.

     Miré al cielo y vi unas  límpidas  pinceladas celestes y nubes blancas que lo entrelazaban, bajé mi cabeza, volví a mirar el camino, cargué todos mis bultos y comencé a recorrer esa meseta: horas, días, meses, años, sintiendo cada estación del año y las inclemencias del tiempo.

     Al recorrer ese camino fui sembrando semillas, en el primer tramo una, en el segundo tramo una más y en el último tramo dos en un sólo trozo de tierra; poco mas allá de las últimas semillas descubrí que era el final de esa meseta y no era una típica bajada de montaña, era un precipicio que parecía haber sido cortado a cuchillo, me pregunté ¿Y ahora? ¿deberé retornar por el mismo camino para bajar la montaña? Eso no me garantizaría ningún triunfo, tan sólo me demostraría que había fracasado y que ante ese fracaso todo el esfuerzo que había hecho para llegar allí no serviría de nada...

      Me senté, consumí algunos de los alimentos que aún me quedaban, bebí el agua que me proporcionaba el deshielo de la montaña. Entre mis pertenencias empecé a hacer girones con la ropa y atarlos, tratando de conformar una soga. Convencido de que la derrota no encajaba entre mis opciones, era triunfar o perecer en el intento, me recoste en el suelo y asomando tan solo la cabeza vi que de a ratos alguna u otra piedra se desprendía de la montaña y caía hasta el llano. Comencé a caminar la llanura a su ancho y descubrí que muchas personas habían llegado hasta ahí, fogones añejos, restos de carpas, mochilas semi-vacias y en ese momento me pregunté ¿Qué habían hecho aquellos aventureros al llegar aquí? ¿bajaron por el precipicio o volvieron atrás?

     Ese mismo día encontré varias respuestas, algunos lo intentaron, no sé si lo lograron; otros se volvieron, y pude deducirlo de un simple modo: “las carpas que quedaron armadas aunque ya destruidas por el viento deberían pertenecer a los que se arriesgaron a bajar por el precipicio”; otras huellas de carpas que dejaban muy poco, hierros clavados en el suelo, pedazos de leña casi consumidos, pedazos de lonas y alguna  que otra lata o botella de consumibles, deberían ser los que optaron por volver sobre sus pasos a la seguridad de un retorno sin complicaciones ¿Qué hacer? La pregunta instantáneamente me dio la respuesta, no se debe vivir media vida sin intentar vivir la otra mitad.

    Con todo lo que pude reunir, sogas, ropa, pedazos de tela, pedazos de lona y los clips que se clavan a la roca para amarrar las carpas en pie, poco a poco los fuí desclavando guardándolos en una mochila, en la que también coloqué el resto de los materiales; y con la lona de una carpa que aún conservaba, gran parte para el uso, confeccioné un arnés que pasaba entre mis piernas sujetándome la cintura y la espalda, entrelazando mis hombros a la altura de las axilas. En la parte superior, con un pedazo de alambre aseguré un trozo de lona con varios ojales de acero, plegué esa lona en varios dobleces dejando todas las argollas alineadas y por ellas pasé el mejor tramo de soga que pude encontrar.

      Otra vez, volví a asomarme al acantilado  y con los destellos del sol pude ver como algunos lugares se reflejaban y al momento me dí cuenta que eran los hierros que habían dejado los que, aparentemente, habían descendido por ahí, eso me mostró el camino a seguir. Así estaban hechadas las cartas, no había vuelta atrás.

Ya se acercaba la noche, la luna asomaba, y al oeste el sol se escondía, con algo de leña que junté de los restos de antaño prendí una pequeña fogata a la espera del nuevo día.

      Los primeros rayos de sol que se posaron en mi cara, me despertaron con un calor y aliento que no había tenido en los últimos días, me levanté, me acerqué a la vertiente, me mojé la cara, cabello y lavé mis manos. Nuevamente, levanté todo lo que podría necesitar en el camino y que fuera útil, sólo eso, el resto sería un peso muerto que atrasaría y pondría en riesgo esa otra mitad de tiempo que ansiaba vivir.

       Además, con el caño de la carpa que iba clavado en la tierra en una mano y en la otra una roca de granito que la ocupaba completamente, me fuí al filo de la montaña, a 50 centimetros del abismo. Busqué un lugar seguro para clavar el caño, traté en un principio de poner un extremo y pegarle con una roca para hincarlo allí, pero descubrí que entraba sólo unos centimetros y por muy duro que le pegara al caño no entraba un centímetro más. Decepcionado me pregunté por qué no entraba más en la tierra, hasta que entendí  que entró ese poco, pero ese poco se obturó con tierra y piedra pues no había filo en la punta para entrar libremente; entonces tomé el caño, puse esa punta sobre una roca, comencé a golpear sobre el costado del caño y al ver que la tierra salía pero el caño con los golpes se achataba me hizo suponer que si lo golpeaba lo suficiente podría lograr que ese filo fuera aún más adentro.

      ¡Aleluya!, volví a intentar clavar el caño en el mismo lugar del que lo había sacado, con cada golpe entraba un poco más, y otro golpe, y otro golpe, y otro golpe hasta que me di cuenta que sólo quedaba medio metro afuera, había entrado a la entraña de la montaña y de eso dependería mi vida.     

      Saqué de la mochila los clips que sostenían las carpas clavadas en la piedra y los puse en los bolsillos de mi abrigo, tomé la piedra que me había servido para achatar el caño, la até como si fuera un collar y la tenía siempre sobre mi pecho, luego pasé el tramo de soga mas largo que había logrado armar, que tendría entre 7 y 10 metros, la pasé por el caño trayendo las dos puntas hacia mi. Sería con eso que podría lograr bajar de 3 a 4 metros, hacia donde estaban clavados los hierros de los montañistas que habían bajado. Entonces, puse una soga teniendo mi arnés y la otra enrollada en mi brazo, iba soltando de a poco y lentamente iba bajando sin prisa, pero sin pausa.

     Al llegar al primer hierro, con la pequeña soga que traía en mi mochila, aseguré mi arnés a la argolla que tenía el hierro clavado en la piedra, mientras tanto buscaba con los pies alguna roca sobresaliente en la que apoyarme, y cuando lo logré me aseguré de que ya no necesitara la soga que había quedado arriba, asi fui tirando de una de las puntas y cayó toda, arriba mío. Al tenerla en mis manos la pasé sobre el hierro que sostenía el arnés, lo solté y fui haciendo otro tramo con la soga doble. Luego, cada vez que llegaba a algún descanso, hacía lo mismo hasta que mirando hacia abajo me di cuenta que la llanura estaba a unos pocos metros, dándome una sensación de alivio y que el esfuerzo había valido la pena.

       Ratos más tarde estaba pisando suelo seguro y rebosante de alegría festejé aquel triunfo. Acababa de dejar atras la mitad de mi vida y miraba hacia adelante, hacia la otra mitad; pero ahora con la fe en que puedo lograr lo que me proponga (con la ayuda de Dios) y siento que mi corazón me dice que nada, ni nadie podrá detenerme para lograr mis cometidos, yo soy el arquitecto de mi propia vida, y así como la construya la viviré.

      El día de hoy, 30 años después me doy cuenta que todos los sacrificios, los riesgos y esfuerzos que he hecho para llegar hasta aquí ¡vaya si han dado frutos!

      Y si Dios quiere regalarme 5 años más , habré logrado el triunfo total, mi único hijo varón ya tendrá 18 años, lo necesario para poder administrar todos los bienes que hemos logrado juntos, sin que los buitres carroñeros puedan despojarlo de lo que se ganó a mi lado .

     HABRÉ LOGRADO MI OBJETIVO FINAL , y podré partir con una sonrisa en mi rostro.

 

 

Autor Guillermo.H.Furlong

 

                                             LO IMPOSIBLE SE HIZO POSIBLEUNA METAFORA

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